La revolución delirante

Cuando empecé mis primeras prácticas del grado de psicología, las hice en una unidad de agudos en un hospital, más concretamente, en el Hospital Universitario de Salamanca. Allí conocí gente maravillosa que me empoderó un poco como terapeuta y profesional. Que permitió que extendiera mis alas e izara el vuelo. Paradójicamente, traté mucho más con psiquiatras que con psicólogos, lo que también fue muy enriquecedor.

A lo que iba, que me despisto. En aquel periodo conocí a una residente PIR de segundo año, Ángela, que un día me habló de algo llamado la Revolución Delirante. Eran unas jornadas para jóvenes profesionales de la salud mental. Además, se iban a celebrar próximamente así que me invitó a ir con ella y sus compañeras. Nunca podré agradecérselo lo suficiente.

Lo que me mostró Ángela con aquel congreso fue un modelo alternativo de cuidados y autocuidado. Algo que no se enseña en las facultades ni en la mayoría de los centros de prácticas.

En ese encuentro aprendí que quien mejor se conoce es uno mismo y que por eso, nosotros, los profesionales, somos solo acompañantes de aquellos que nos lo piden. Acompañantes en SU proceso, con el que tenemos que ser sumamente respetuosos y comprensivos.

En estas jornadas, los protagonistas no somos nosotros, son aquellos valientes que muestran y exponen, con diagnóstico o no, con sus fortalezas y debilidades, su malestar psíquico.

Este año, están a punto de comenzar tras el parón por el COVID y serán el 15 y 16 de octubre en Valladolid, también con posibilidad de seguirlas online. Un año más, estaré presente y muy atenta a todo lo que voy a aprender. ¿Nos vemos allí?

Que te aburras, leñe

Pues sí, estás leyendo bien. Que te aburras, que pares, que frenes. Que seas improductivo, al menos un ratito al día.

Pensarás que me he vuelto loca. No me extraña. Pero no, todo bajo control por aquí. No sé si te pasa que a veces te invade un sentimiento de inutilidad si no estás ¨aprovechando el tiempo¨. A mí a veces si, y no es sano del todo precisamente. Últimamente parece que la sociedad nos lleva al consumo infinito de sensaciones. Y si no las tienes, estás vacío. 

¨Exprime el momento¨. ¨Aprovecha al máximo¨. ¨Disfruta de cada instante¨. ¨Viaja¨. ¨Prueba cosas nuevas¨. ¨Vive¨. ¡Qué estrés por dios! 

Nos vamos de vacaciones y si no hemos visitado tropecientos mil sitios y hecho cincuenta mil fotos (y subido a redes sociales) parece que no nos hemos ido. ¿Os acordáis de los veranos interminables cuando íbamos al cole? ¿Cuándo lo máximo que teníamos que hacer era un cuadernillo de vacaciones Santillana? ¡Qué tiempos aquellos! Cuando nos ABURRÍAMOS.

Y un día te haces adulto y ya no te lo permites. Todo es ser productivo, no procrastinar, no parar…

Está demostrado científicamente que es sano para los niños aburrirse. Tener tiempo para no pensar en nada ayuda a gestionar la frustración. Aburrirse ayuda a fomentar la creatividad. (Cuántas tardes de verano de extremo aburrimiento hemos acabado jugando y creando historias inimaginables, CREANDO recuerdos maravillosos). Aburrirnos nos proporciona desconexión y descanso, estimula el autoconocimiento. Entonces, ¿por qué está tan denostado el aburrimiento? ¿Por qué nadie quiere aburrirse?

¿A QUÉ TENEMOS MIEDO?

Por cierto, aburrirse nos ayuda a encontrar soluciones alternativas a todos esos problemas ¨de mayores¨ que nos traen de cabeza en el día a día…